BITÁCORA – Las aventuras del Coke: Torres del Paine (primera parte)

Por Jorge Cerda/Coke Mochileno

Una travesía de dos semanas sorteando lagunas, montañas, bosques y helados ríos a través de los senderos que recorren el Parque Nacional Torres del Paine en la región de Magallanes y Antártida chilena, la más austral de Sudamérica.

Me sentía tan sólo, una fracción insignificante dentro de la inmensidad majestuosa de las montañas que me rodeaban. La nieve cubría con su manto blanco suelo, laderas, pampas y cimas. El frío y el agotamiento físico eran situaciones punzantes y dominantes durante mis pasos montaña arriba. Esto, sumado al desafío geográfico, resultaba como un perfecto aliño para la odisea que estaba cocinando: salir victorioso de este reto personal.

Quizás fueron los vientos australes, la belleza de los bosques e islas o, simplemente, quizás fue la “magia del fin del mundo” que me mantuvo hechizado y cautivo en Puerto Williams, el poblado más austral de Sudamérica en Isla Navarino; pero esa es otra historia… La situación es que dejé pasar la temporada alta de visitantes del parque en verano (de enero a marzo) y me aventuré en aquel lugar, setecientos kilómetros al norte, en el mes de mayo, a finales del otoño y principios del invierno.

Luego de navegar durante veintiséis horas los canales extremo-australes a bordo de un barco de la Armada de Chile, arribé a la ciudad de Punta Arenas, haciendo allí una breve escala para finalmente llegar a Puerto Natales, distante doscientos cincuenta km. al norte. En aquella ciudad, me abastecí de las provisiones necesarias para la odisea a través del Paine que, calculaba yo, sería para unos diez días.

????????????????????????????Salí de Natales la mañana de un tres de mayo y, luego de una larga caminata y una visita al Monumento Nacional Cueva del Milodón, abordé un Renault azul conducido por un matrimonio de turistas brasileños que, amablemente, se detuvieron a levantarme en la ruta 9. Ellos tenían como destino la Portería y Guardería Laguna Azul, ubicada en el extremo noreste del parque. Decidí entonces tomar la misma ruta junto a ellos esperando tener mayor información sobre el parque y los senderos en la mencionada portería.

Luego de toparnos con un gigantesco rebaño de corderos y unos cuantos guanacos, llegamos hasta dicho lugar, a tan solo una hora y algo de Natales. Desafortunadamente no había personal en la guardería, por lo que no me quedó otra opción que usar el viejo mapa que poseía para guiarme a través de los circuitos; sólo debía moverme hacia el oeste adoptando como ruta un sendero de caballos que me llevaría hasta el refugio Dickson, en el extremo norte del parque. Me despedí de mis amigos brasileros y comencé la marcha ya en la avanzada tarde; la noche no demoró en apoderarse del lugar y luego de dos horas de caminata acampé para descansar, terminando así mi primer día de trekking.

“El Parque Nacional Torres del Paine, fue creado en 1959 y declarado Reserva de la Biósfera por la UNESCO el 28 de Abril de 1978. Posee una superficie física de 242,242 Ha, en donde el hiking es la actividad más popular a través de sus 200 kilómetros de senderos”.

Después de caminar otros dos días y medio con muy buen clima a través de sierras y bellas colinas, sorteando algunos riachuelos, lagunas y un gran humedal, llegué hasta el Lago Dickson, a tan sólo unos cien metros del ansiado refugio; el único gran inconveniente es que no había puente alguno y debía atravesar las gélidas aguas del Río Paine que, en aquel punto, no superaba los veinte metros de ancho. Inútiles fueron mis intentos de encontrar ayuda gritando a los vientos; no había absolutamente nadie más que yo, pero contaba con una eficaz herramienta a mi favor: un enorme bote, aunque sin motor ni remos, totalmente amarrado y a una considerable distancia de la rocosa orilla ¡Demasiado trabajo si quiera pensar en moverlo!, por lo que me aventuré a testear la profundidad de éste, durando menos que un ratoncito en las mandíbulas de un chacal en aquellas heladísimas aguas, saliendo con dolor de huesos como resultado. Desistí de la idea y tuve que poner toda mi esperanza en el bote, ya que por nada en el mundo regresaría hasta mi punto de partida. La noche estaba cerca y decidí acampar y hacer fogata para cenar y secar mis húmedos zapatos nuevos (que se habían abierto), dejando la formidable tarea de poner el bote en el agua para el día siguiente, pero no contaba con la “sorpresita climática” que la Pacha Mama me tenía preparada…

Enfrentando el salvaje clima austral

Desperté temprano por el brusco y desenfrenado movimiento apocalíptico de la carpa y el ruido que éste producía. Al salir de ella observé con un tanto de angustia y preocupación que el bello cielo soleado que acompañó mis primeros días estaba ahora tapado por nubes cargadas de agua. Hacía frío y un endemoniado viento traía el hostil clima hacia mí, convirtiendo a su vez al río Paine en un aún más temible adversario; la calma de sus aguas eran ahora un sinfín de olas.

Creo que las pruebas de destreza física del programa de ESPN “El hombre más fuerte del mundo” no eran nada comparado a todo lo que tuve que hacer para lograr dejar el horriblemente pesado bote en el agua. Después de muchas horas de intento y ayudándome con una cuerda que cruzaba el rio, logré llegar hasta el otro lado. Desembarqué mi tonelaje y caminé hacia el refugio no sin antes entregarle un agradecimiento acompañado de una sonrisa a mi poderoso adversario.

“En el interior del bote habían unas botas de hule, las cuales me tenté a tomar y utilizar, ya que mi zapato izquierdo estaba abierto (terminando siempre la jornada con los pies mojados) pero desistí de la idea… por mientras”.

Mi corazón estaba satisfecho entonces por el logro cometido y ya en frente tenía el refugio. Éste constaba de tres edificaciones: un albergue, un almacén y una cabaña. Para mi buena suerte, ésta última estaba abierta y tenía tres habitaciones habiendo un par de camas en una de ellas. El resto de las edificaciones permanecían completamente cerradas y deshabitadas. Al cabo de un par de horas ya había almorzado, había calentado el cuerpo y descansado lo suficiente como para reanudar la marcha otra vez, pero me detuve a pensarlo mejor al ver que el gris y salvaje cielo nublado amenazaba con obscurecer pronto el paisaje. Mientras filosofaba en las posibilidades y observaba la geografía a mi alrededor, noté que en la lejanía algo en el bosque se movía…

Consciente yo de estar en terreno silvestre y apartado, estaba siempre dispuesto a lidiar con la posibilidad de encontrarme con animales y/u obstáculos en mi camino, pero obviamente no estaba en mis deseos encontrarme cara a cara con el león de montaña o puma, pues de llegar a ser atacado, las posibilidades de supervivencia disminuyen considerablemente al estar solo.

Pero cual no fue mi sorpresa, al divisar a una pareja de excursionistas aproximándose ¡No era yo el único aquí! Los recibí amablemente y compartí con ellos el resto de la tarde. Imposible me fue ocultar lo animado y contento que estaba de sentirme acompañado; los muchachos (ambos extranjeros) venían desde la Hostería Las Torres y, al igual que yo, llevaban como destino el Glaciar Gray y Lago Nordenskjold. Decidimos unirnos en la marcha y luego de una entretenida conversación aquella tarde, fue hora de descansar. Durante la noche la lluvia definitivamente comenzó a caer y acompañó nuestros pasos durante todo el siguiente día.

Por la mañana, ya en marcha, el sendero nos llevó de inmediato montaña arriba. Atravesamos bosques fríos y misteriosos, también un par de riachuelos y puentes y, al cabo de cuatro horas, llegamos a la parte más complicada: un agotador ascenso en suelo rocoso, abierto, sin la protección de árboles ni arbustos y con vientos poderosísimos, que sin duda, hacían titubear hasta al más valiente. Fue ahí donde los muchachos se detuvieron y consideraron la posibilidad de renunciar y regresar, pero eso era algo que no estaba en mis planes, por lo que continué mi camino y ellos buscaron refugio del temporal; aquella fue la última vez que los vi.

– Continuará –

Soy Jorge Cerda (33). Hace 8 años comencé mi viaje de aventuras estilo nómada. Recorrí a lo largo mi país Chile, parte del Perú y Bolivia, Argentina, Paraguay, Brasil y ahora en África he tenido la fortuna de visitar países tales como Mozambique, Namibia, Botswana, Kenia y por supuesto Sudáfrica, en donde actualmente resido, precisamente en Ciudad del Cabo. Soy músico, artista (dibujos y fotografías), pero mayormente me dedico a rehabilitar mascotas (comúnmente perros), cambiando los malos hábitos, y entreno a sus dueños en la correcta tenencia y cómo controlar y atraer la atención de sus canes 🙂

Tengo muchísimas historias en el pecho.

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Revisión: Cecilia Hauff e Julieta Cal

Edición: Julieta Cal e Ellen Queiroz

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