BITÁCORA – Las aventuras de Coke: Torres del Paine (segunda parte)

Por Jorge Cerda/Coke Mochileno

Una travesía de dos semanas sorteando lagunas, montañas, bosques y helados ríos a través de los senderos que recorren el Parque Nacional Torres del Paine en la región de Magallanes y Antártida chilena, la más austral de Sudamérica. (primera parte, aquí)

Puedo vencerte

Durante mi ascenso, para lograr aferrarme al suelo y no salir volando, debí de taladrar cada uno de mis pasos a la corteza. Al cabo de cuarenta minutos de zigzag vertical, por fin el sendero tomaba dirección horizontal otra vez, pero fui seducido por el deseo de alcanzar la cima y observar con mis propios ojos el Glaciar Los Perros y su laguna, tan solo cincuenta metros más arriba! Acepté el desafío entonces y taladrando una vez más mis pasos a la montaña, llegué hasta los pies mismos del glaciar.

El viento y la lluvia giraban como un tornado queriendo arrastrarme y llevarme… mil gotas por segundo caían casi horizontalmente, golpeando mi rostro y cuerpo cual agujas clavándose en la piel; apenas podía abrir mis ojos y contemplar los alrededores, y después de un potente gruñido volteé colina abajo, intentando aferrarme a lo que podía con tal de no ser arrastrado por el viento indomable… Aquella prueba de fortaleza física y mental no duró más de ocho segundos.

Retomé el sendero y caminé unos diez minutos antes de detenerme, y allí, en el húmedo y frío suelo esperé a mis compañeros quienes nunca llegaron. Estaba congelándome mientras esperaba, así que decidí ir por el refugio. De esta forma llegué a Los Perros, encontrando un albergue y un comedor y, para mi sorpresa, una delgada hilera de humo salía desde éste último. No había nadie en su interior, pero sí unas brasitas, por lo que rápidamente le agregué ramitas mientras me quitaba la empapada y pesada ropa de encima. Mientras me alimentaba con una nutritiva leche con chocolate y cereales, entró repentinamente un personaje que se hizo parte importante dentro del resto de mi travesía; se trataba de Steffen Leman, un solitario caminante alemán de la misma edad mía. Steffen me llevaba tan sólo un día de ventaja en el recorrido hacia el Glaciar Gray (el siguiente paso), pero tomó la sabia y cauta decisión de volverse, al notar como la nieve dominaba los alrededores haciendo imposible el avance.

El clima era hostil y la necesidad de cobijarse era la prioridad, pero el refugio estaba cerrado, lo que por cierto no fue inconveniente para entrar en él, ya que a través de un agujero semiabierto en una de sus paredes, ingresamos y allí aguardamos durante tres días mientras la nieve se apoderaba del entorno.

Por nuestra personalidad similar, gusto por las aventuras y chistes, no demoramos en entablar amistad, por lo que el resto del viaje se tornó mucho más expresivo y ameno.

Fracasa el avance, regreso a Dickson

SDC12167

Para la mañana del noveno día había cesado ya de nevar, de esta forma, emprendimos el viaje de regreso a Dickson, lo que no llenaba del todo mi corazón al verse mis deseos de “siempre avance” frustrados por el mal tiempo. Para esta odisea de regreso, adopté la peculiar medida de cubrir mis zapatos con nylon y un par de sacos de papas, intentando así, disminuir la humedad en mis pies. Cuatro horas más tarde, llegábamos a Dickson, otra vez y justo a tiempo, ya que la nieve comenzó a caer salvajemente una vez más, y allí aguardamos otros dos días.

Las benditas lentejas, el arroz, los cereales y la leche con chocolate mantuvieron mi estómago durante toda la travesía, pero debo confesar lo irresistible que nos parecía el saciar nuestra sed con una buena cerveza. Sin duda era lo segundo que haríamos al llegar a la Hostería las Torres. ¿Lo primero? Un contundente baño.

Ya por la mañana del onceavo día se despejó el cielo y salió el sol, emprendiendo de esta forma la marcha en dirección a la Hostería las Torres (el principal recinto-hotel del parque). La nieve que ya no caía, estaba ahora toda en el suelo, haciendo aún más exhaustivo nuestro caminar. Fue entonces que recordé las botas de hule que no quise tomar antes y que por supuesto utilicé durante el resto del viaje a falta de calzado protector, aunque no sé qué era peor: el agua dentro de mis zapatos o congelarme los pies con las frías botas.

¡Jamás en toda mi vida había tenido reto más complicado que este extremadamente agotador trayecto de nueve horas montaña arriba! Cansado, adolorido, mojado, congelado y hambriento me encontraba a esas alturas. La nieve nos cubrió hasta las rodillas en algunos tramos, por lo que me vi en la necesidad de usar el fuego de mi cocinilla unas cuantas veces para revivir mis congelados dedos, pero gracias a esas salvadoras botas pude sortear una gran cantidad de charcos de agua imposibles de cruzar con zapatos.

El germano Steffen viajaba un poco más ligero de peso comparado conmigo; era, además, más grande y un tantito más fuerte, por lo que se aprovechaba de ello para hostigarme sicológicamente con sus “¡levántate señorita!”, cada vez que yo osaba demorar más de diez segundos en descansar y recuperar el aliento. Sin duda alguna, aquello fue un buen estímulo para continuar la marcha.

Para el atardecer estábamos llegando al campamento Serón, a tan sólo un día más de las Torres y de la cerveza (por la cual ya llegábamos a babear). Desgraciadamente, éste también estaba cerrado como el resto de los refugios, lo que al final tampoco fue inconveniente ya que logré abrir el candado, encontrando cobijo del frío allí dentro… Steffen se reía.

Resultó entretenido tener luz eléctrica otra vez, además de revistas y variedad de alimentos tales como nuevas y más grandes lentejas. Desalojamos Serón temprano a la mañana siguiente, evitando así la chance de ser encontrados por guardaparques y tener que dar explicaciones por la violada cerradura.

Fueron otros exhaustivos doce kilómetros de senderos entre planicies y colinas cubiertas de nieve. El silencio era solo interrumpido por nuestros pasos y respiraciones; el olor a humedad y el frío mantenían mis sentidos conectados con mis pasos; aquel aroma me ayudaba a mantener la mente fuera del agobio y así me concentraba en avanzar… sólo avanzar. Lejanos lagos al alcance de nuestra vista… agua drenando bajo nuestros pies bajo este cielo blanco poderoso.

Hasta que por fin, y desde lo alto de una barrosa colina, logramos divisar el gran campamento urbanizado, justo cuando la luz del día desaparecía. De esta forma arribamos a la principal hostería ubicada a los pies de la montaña. Allí conseguimos lo anhelado: ducha, comida, internet y, también, la Pilsener. Fue allí también donde me despedí de mi amigo alemán, ya que por la mañana siguiente tomábamos distintos rumbos: él al Valle Francés y yo a la Base Las Torres.

Etapa final: ascenso a la Base Las Torres

Una brillante y hermosa luna llena fue testigo aquella mañana de mis aventurados pasos fuera del gran hotel. A diferencia de antes, ésta vez viajaba ligero de carga con tan solo lo justo y necesario para las siguientes siete horas de ascenso y retorno. Seguía fielmente una delgada huella-sendero hacia lo profundo de un sombrío valle que rebosaba en nieve. Al cabo de unas cuantas horas, pasé junto al Campamento Chileno para luego, más allá, encontrar el Campamento Torre. Desde ahí viré al oeste, adoptando el empinado sendero final. Después de una hora más de ascenso tuve al fin, frente a mí, a las Torres Norte, Central y Sur y, a mis pies, la gran laguna formada por el deshielo de los milenarios ventisqueros que poseen aquellos muros verticales de granito. Mi corazón estaba sosegado, completamente extasiado y satisfecho por el logro; era el momento de volver.

Durante el descenso sentí un creciente dolor bajo la rótula de la rodilla en ambas piernas producto de la exigencia física de la odisea, pero ya nada importaba pues había alcanzado mi meta y tenía buenas fotografías para ilustrar la belleza de aquel imponente y mágico lugar de encuentro con la naturaleza en la Patagonia Chilena.

Regresé a Puerto Natales (no sin antes devolver las botas) la siguiente mañana, en compañía de un matrimonio irlandés que pasaba allí sus vacaciones. Al llegar al pueblo y despedirme de mis gentiles amigos (con solo deseos de descansar después de dos largas semanas en el parque), noté con un tanto de frustración lo que un cartel pegado en la pared mencionaba: la banda chilena de folklor latinoamericano y con cuarenta años de trayectoria Los Jaivas, darían un concierto gratis el día de mañana… ¡Eso estaba excelente! ¿Y dónde? en el Parque Nacional Torres del Paine ¡Plop!

—–

Soy Jorge Cerda (33) Hace 8 años comencé mi viaje de aventuras estilo nómada. Recorri a lo largo mi pais Chile, parte del Peru y Bolivia, Argentina, Paraguay, Brasil y ahora en Africa he tenido la fortuna de visitar paises tales como Mozambique, Namibia, Botswana, Kenia y por supuesto Sudafrica en donde actualmente resido, precisamente en Ciudad del Cabo. Soy musico, artista (dibujos y fotografias) pero mayormente me dedico a rehabilitar mascotas (comunmente perros) cambiando los malos habitos y entreno a sus duenhos en la correcta tenencia y como controlar y atraer la atencion de sus canes 🙂

Tengo muchisimas historias en el pecho.

…………………………………………………………………..

Revisión: Cecilia Hauff e Julieta Cal

Edición: Julieta Cal

…………………….

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s